LA ESENCIA SUSTENTADORA

LA ESENCIA SUSTENTADORA


El escritor Anatole France (1844-1924) no escribió casi nada que no fuese un dardo contra el cristianismo y la moral. Gracias a sus libros hizo buena fortuna. Aparentemente, vivía contento. Sin embargo, su secretario Bruisson cuenta que France le dijo cierto día a uno de sus amigos: "Si pudieras echar una mirada en mi corazón, te espantarías. No creo que pueda haber en el mundo hombre más desgraciado que yo. Muchos envidian mi suerte, pero yo nunca he sabido en qué consiste la felicidad. No lo supe ni un solo minuto".
Recordemos también los sentimientos que llegó a tener el filosofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900). Después de blasfemar contra Dios durante toda su vida, un día dijo melancólicamente: "Desde la cima de todas las montañas busco la casa paterna, pero no he encontrado hogar en ninguna parte... ¡Oh Eterno por doquiera, oh Eterno en ninguna parte, oh Eterno en vano!"
Y en tercer lugar, recordaremos a Arthur Schopenhauer (1788-1860), el filosofo del pesimismo que combatió al cristianismo durante toda su vida. Pero en la hora de su agonía, exclamó muchas veces: "¡Dios mío, oh Dios mío!" Y delante del médico que lo asistía, añadió: "La filosofía sin Dios no vale en el sufrimiento. Si de nuevo me pongo bien, cambiaré por completo". Y Schopenhauer sanó, pero olvidó lo que había prometido.
Estos tres hombres de mente iluminada vivieron con el corazón ensombrecido. Se dedicaron más a destruir que a construir. Con su filosofía tan difundida no lograron hacer feliz a una sola persona, porque ellos mismos tampoco fueron felices. El escepticismo espiritual que los caracterizó, los llevó a vivir sin Dios y sin alegría. Fueron pesimistas e interiormente solitarios. Y cuando, tardíamente, se acordaron del Creador, comprendieron todo lo que habían perdido durante su vida de incredulidad.
Hoy y siempre, como fue ayer, el camino del descreimiento es el camino del pesimismo y la negación. ¿Y en qué termina quien se distancia de Dios y de la fe en él?

EL HILO ESENCIAL

En una de sus obras, Tihamer Toth relata la fábula de "la araña insensata", que había comenzado a tejer su tela en una hermosa mañana de primavera. Se había dejado caer desde lo alto de un árbol a través del hilo que ella misma había fabricado. Y, al llegar a la altura de un arbusto armó su red, suspendida del hilo por el cual había bajado.
Después de un tiempo, la araña agrandó el tamaño  de la tela, y con ella cazaba moscas en cantidad. Pero, cierto día se levanto de mal talante y, para peor, no se veía ninguna mosca en los contornos. Así que, sin saber qué hacer, se puso a pasear por la tela.
Mientras repasaba y contemplaba con orgullo su obra, la araña tropezó con aquel hilo que venia desde arriba. Lo observó, pero no pudo ver de dónde provenía. Entonces, sin recordar la función vital que cumplía, lo cortó enfurecida de un solo mordisco. De inmediato, la tela se desplomó, y quedó convertida en un puñado de hilos enredados que aprisionaban a la araña, quien no comprendió la utilidad de ese hilo que guiaba hacia lo alto.
¡Cuántas veces se repite en los seres humanos la historia de la "araña insensata"! Se trata de personas muy ocupadas, autosuficientes y egocéntricas, que olvidan que por encima de sus cabezas hay un hilo vital, gracias al cual viven y prosperan. Es el hilo invisible que une al hombre con Dios. Es el hilo de la fe que renueva el corazón y lo llena de felicidad.
¿Cómo alguien podría cortar este hilo, y pretender a la vez que le vaya bien? El cuento de la araña nos dice que esto es imposible. Toda vez que una persona corta su relación de fe con Dios, queda aprisionada en su propia trampa. ¡Todo lo contrario de lo que pretendía conseguir! Con razón, pensando en esto, el rey David escribió: "Dice el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmo 14:1). El Dios infinito, que conoce nuestras limitaciones humanas, no puede menos que llamar necio a quien se levanta contra él y niega su existencia. ¡Cuánto orgullo insensato suele esconderse en el alma incrédula!
¿Tienes fe sincera en Dios? Entonces tu corazón vibra de optimismo, eres positivo en tus pensamientos, y fuerte en tus sentimientos. Pero, ¿cuánto es lo que crees? ¿Poco o mucho, a veces o siempre? Llamativamente, Jesús enseñó que si tuviéramos fe como un diminuto grano de mostaza, podríamos mover montañas (S. Mateo 17:20), montañas de problemas de la más variada especie. La verdadera fe consiste en vivir unidos a Dios, dependiendo de él sin vacilación ni desconfianza... ¡Conserva intacto este maravilloso hilo de buen hijo o hija de Dios, porque la fe es la esencia sustentadora de nuestro ser!

Los beneficios de creer en Dios, según la ciencia

Un estudio del prestigioso Instituto Tecnologico de Massachussets (MIT) muestra que los indicadores sociales mejoran cuando el factor religioso entra en juego.
Los beneficios de la fe en Dios no solo alcanzan al plano espiritual y psíquico de los que la tienen sino también al profesional y económico. Según el economista Jonathan Gruber, investigador del MIT, practicar una religión y rodearse de personas que comparten creencias contribuye al éxito no solo en el trabajo, sino en la vida en general.

EN LA PAZ Y EN LA TORMENTA

Como ocurría con frecuencia, otra vez se levantó una fuerte tormenta en el Mar de Galilea. Y mientras los discípulos luchaban contra las olas, el Maestro dormía de cansancio en la embarcación. Pero "la barca se anegaba con peligro de hundirse". Entonces los discípulos despertaron a Jesús, y clamaron: "¡Maestro, Maestro, que perecemos!" Y él se despertó, reprendió al viento y a las olas, y todo se calmó. Luego les dijo: "¿Donde está vuestra fe?" (S. Lucas 8:22-25).
Esta pregunta de Jesús tenía por objeto llamar la atención de sus discípulos. Ellos necesitaban aprender que llevaban a bordo al Señor de la naturaleza, quien tenia dominio sobre el mar en la tempestad. Y porque olvidaron el poder ilimitado de Jesús, los discípulos se llenaron de temor y pesimismo. Creyeron que iban a naufragar, aun teniendo al Salvador junto a ellos. De ahí la pregunta: "¿Dónde está vuestra fe?"
El Mar de Galilea es un símbolo adecuado de nuestro corazón, donde abundan las tormentas de los conflictos, las angustias y los temores. Pero también en ese pequeño mar interior pueden reinar la calma, la seguridad y el optimismo si pedimos la acción sobrenatural de Jesús. Nuestra fe en él elimina la desesperación, la ansiedad o la preocupación del corazón. En la fe siempre hay paz.
Al padre de un chico enfermo, Jesús le dijo: "Si puedes creer, al que cree todo es posible". Y el hombre respondió: "Creo, ayuda mi incredulidad" (S. Marcos 9:23, 24). Y el Maestro sanó al chico enfermo. ¿Tienes tú alguna necesidad o alguna dolencia en este día? Pide con fe la ayuda de Dios, y él, según su divina voluntad, obrará con amor para tu bien. Cuanto mayor sea tu fe, más optimista será tu vida, y también mayores serán tus bendiciones. Y si tu fe fuera débil, pide como aquel padre: "¡Ayuda mi poca fe!" Y el señor te la multiplicará.
Desecha las dudas que quieran invadir tu corazón. Los que dudan son candidatos al fracaso (Santiago 1:6, 7). Confía siempre en Dios. Y recuerda el consejo bíblico: "No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón" (Hebreos 10:35). Bien dice el profeta: "Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová" (Jeremías 17:7). ¿Cómo está hoy tu confianza en Dios?

OPTIMISMO Y SEGURIDAD


Tras una cruel enfermedad, el esposo y partió de este mundo. Y su mujer, en medio del dolor, consoló con estas palabras a su hijito de ocho años: "No entendemos por qué se nos fue papá. Pero sabemos que Dios sigue siendo amor, y que él cuidará de nosotros. Algún día volveremos a ver a papá, y lo entenderemos todo. Mientras tanto, Dios nos hará fuertes y nos ayudará".
Y estas simples palabras de madre cristiana lograron consolar al pequeño hijo. La fe de ambos les dio la seguridad de la protección divina. Su dolor dio paso a la fortaleza espiritual, y ambos se mantuvieron confiados en las providencias de Dios. Nunca se mostraron pesimistas ni negativos en su vida. Madre e hijo experimentaron la verdad de las palabras del rey David: "Jehová es mi pastor, nada me faltará" (Salmo 23:1).
Fue también el salmista David quien escribió: "Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza... Él solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré" (Salmo 62:5, 7). Y más adelante declaró: "Jehová está conmigo, no temeré" (Salmo 118:5, 6). Estas palabras bíblicas, que han llevado aliento y fortaleza a tantos millones de creyentes a lo largo de los siglos, son también hoy para nosotros, para ti y para mí. ¡No han pasado de moda, ni perdido su vigencia!
Cuando alguna crisis personal aflija tu alma, haz tuyas estas palabras del antiguo rey, y ellas te sostendrán en la angustia. Te darán fuerzas para superar tus problemas y recuperar tu alegría. ¡Ruega la ayuda de Dios, y él te responderá! Pide con fe, y nada perderás. Todo será ganancia para ti. El Señor se convertirá en la roca firme, sobre la cual podrás vivir seguro y tranquilo.
Este mismo concepto aparece cuando David entonó su canto de alabanza a Dios, por haber sido librado de sus enemigos. Él dijo: "Jehová es mi roca, mi fortaleza y mi libertador. Dios mio, fortaleza mía, en él confiaré" (2 Samuel 22:2, 3). Y siglos más tarde, el profeta Habacuc dijo con espíritu confiado y optimista: "Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza" (Habacuc 3:17-19).
¿De qué hablan estas palabras, sino de victoria y optimismo en medio de las luchas y la escasez? Así que no te preocupes por tus enemigos; el Señor ya los alejará derrotados de tu lado. Y tampoco te sientas desamparado o desamparada cuando te falte algún bien, porque Dios velará por ti y podrá darte más de lo que necesites. ¡Nadie podrá despojarte de cosa alguna que Dios quiera conservar en tu vida! Con esta seguridad se mueve cada día el creyente, porque hace de Dios su constante refugio y fortaleza.
En el espíritu de Habacuc, anímate a decir: Aunque por momentos aparentemente todo juegue en contra de mí, igualmente yo me alegraré en el Señor porque él me sostendrá. ¡Mueve tus labios con este lenguaje de fe y optimismo, y te sentirás mucho mejor!

RELIGIÓN Y DEPRESIÓN

Un estudio realizado por la Universidad Rush, en Chicago, indica que quienes tienen creencias religiosas mejoraron en un 75% con el tratamiento médico por la depresión clínica.
"En nuestro estudio, la respuesta positiva a la medicación tenía poco por hacer con el sentimiento de esperanza que acompaña típicamente a la creencia espiritual, de que un Ser supremo cuidaba", dijo Patricia Murphy, profesora adjunta de religión, salud y valores humanos en la Universidad Rush y líder de la investigación.
En este sentido, George Fitchett, co-autor del estudio, destacó que entre los resultados del mismo se destaca la fuerte creencia de los pacientes en un Dios que los cuida y los guía en sus problemas.
"Al tratar a las personas diagnosticadas con depresión, los médicos necesitan ser conscientes del papel de la religión en la vida de sus pacientes. Es un recurso importante en la planificación de su cuidado". agregó Fitchett.

LA RELIGIÓN DEL OPTIMISMO

En la fe cristiana todo es positivo y optimista: desde la cruz de Cristo, que contiene el sublime signo positivo (+) de la redención, hasta la esperanza dada por Dios, que enciende el optimismo frente a las mayores pruebas de la vida.
Sin embargo, no se trata de hacer del optimismo una religión, sino de profesar la religión de Cristo para disfrutar del optimismo. En una cárcel había dos presos que siempre se quejaban, siempre tenían sombría el alma, siempre eran hostiles con sus compañeros, siempre destilaban la amargura de su culpa... Hasta que un día uno de ellos dio muestras de un cambio interior...
Sí, uno de los dos presos dejó de quejarse, comenzó a esbozar alguna esporádica sonrisa, y pareció vencer su amargo remordimiento. ¿Qué había ocurrido en este condenado? ¿A qué se debía su cambio? ¡Había nacido la fe en su corazón! Su resentido compañero siguió como siempre.
Pero este otro era una nueva persona. Su mirada era diferente. Y diferentes también eran sus palabras, sus actitudes, su comportamiento y sus planes para el futuro...
Como llave maestra que abre la puerta de las bendiciones divinas, la fe le abrió un nuevo camino a este preso. Así actúa la religión de Cristo cuando inunda el corazón. Se produce la conversión del alma, el renacimiento del espíritu y la transformación de todo el ser. Y en esa vida nueva nacen la alegría, la gratitud, el amor y el optimismo radiante que provienen de Dios.
Así puede medirse la excelencia de la fe cristiana, en contraste con las ilusiones vanas que puedan ofrecernos los hombres:

Miro y escucho a los hombres, y a menudo termino en decepción.
Miro a Cristo y sigo su Palabra, y mi espíritu se eleva.

Miro a los hombres, y sus acciones me entristecen.
Miro a Cristo, y mi alma se enciende de contentamiento.

Miro a los hombres, y rechazo su vil egoísmo.
Miro a Cristo, y me conmueve la profundidad de su amor por mí.

Miro a los hombres, y noto cuánto fracasan.
Miro a Cristo, y descubro el verdadero secreto del éxito.

Miro a los hombres, y veo en ellos el dominio del pecado.
Miro a Cristo, y recibo la salvación gratuita que él ofrece.

Miro a los hombres, y tiendo a ser pesimista.
Miro a Cristo, y él me infunde una mente positiva y un corazón optimista.

CRECER EN OPTIMISMO


El optimismo no es estático. Es una virtud que puede afirmarse y crecer en el corazón. Crece a medida que aumenta la fe en Dios. De ahí la necesidad de vivir y andar por fe (Romanos 1:17; 2 Corintios 5:7). Es decir, mantener y sustentar la vida mediante la fe que nos une a Dios y que nos asegura sus bendiciones.
Cuando los discípulos de Jesús comprendieron la importancia de cultivar la fe, en seguida le pidieron al Maestro: "Auméntanos la fe" (S. Lucas 17:5). Y con su fe fortalecida, vencieron sus dudas e inseguridades. Mantuvieron su optimismo siguiendo al Señor. Pero cuando se fe flaqueó ante la crucifixión de Jesús, al mismo tiempo perdieron su optimismo y quedaron sumidos en la confusión y el dolor. Y finalmente, cuando el Señor resucitó y ellos recuperaron su fe en él, también recuperaron su optimismo perdido. Se llenaron entonces de alegría, entusiasmo y esperanza. Toda la vida de los discípulos cambió para siempre...
Muchos afirman que no pueden tener fe en Dios porque no lo ven, y que no es científico creer en lo que no se puede palpar o demostrar. Sin embargo, creemos en tantas cosas que no vemos: el aire que respiramos, la electricidad que nos alumbra, los sentimientos que mueven nuestro corazón... Todos ellos son realidades que no vemos, pero aceptamos por los efectos que producen.
Así también, aunque no veamos a Dios con nuestros ojos, podemos percibir su existencia con la vista del alma. Nuestra fe en él nos cambia tanto, nos proporciona tantas bendiciones, nos brinda tanta ayuda en nuestra vida familiar, y mejora tanto nuestra convivencia con el prójimo, que terminamos admitiendo que el invisible es real y visible a través de los resultados que produce en nuestra vida.
Cultiva tu fe en Dios, y pronto te gozarás con sus valiosos beneficios. Desaparecerán tus dudas y nacerá el optimismo en tu corazón. Con razón Jesús le dijo a Tomás: "Bienaventurados los que no vieron y creyeron" (S. Juan 20:29). Como diciéndole: "Abandona tus dudas, yo soy Jesús que he resucitado". Y otro tanto podría decirnos hoy a ti y a mi: "Yo soy tu Dios que vivo para siempre. He muerto y he vuelto a la vida para asegurar tu salvación. ¡Alégrate y llénate de optimismo constructivo!" ¡La fe es la esencia sustentadora de la vida!

CONSEJOS PARA QUE TU OPTIMISMO CREZCA:


  1. Ayuda a alguien que pueda necesitar de ti.
  2. Muéstrate radiante y positivo con los demás.
  3. Conserva un espíritu de gratitud hacia Dios y hacia tus allegados.
  4. Si algo te sale mal, no te desalientes. Prueba de nuevo.
  5. Si algo te sale bien, no te enorgullezcas. Conserva la humildad.
  6. Dale a Dios un lugar en tu corazón. Entonces él estará siempre contigo, y tu optimismo será más estable y abundante.

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